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Quince.






Quince personas.

Quince que hablan,
quince que piensan,
quince que enmiendan
y quince que callan.


Y las quince sonríen y son dueñas de mis palabras.

Obscenidad.





Dio




Now go, my son, and rock.

Ajedrez.





Peón mata peón. La banca gana.



Resonancia de Laplace.

Estoy sólo dos órbitas más allá, y hasta desde la Tierra se percibe el fenómeno de resonancia. Así que sabía de antemano que la Luna tenía razón cuando me dijo que siempre nos tendríamos. Esa certidumbre instintiva se confirmó después, cuando estudié la astronomía suficiente para conocer la causa.

Pero lo que más me sorprendió fue el saber que sólo hay un caso así en todo el sistema solar.

Todos ellos.

La madera ladró, el hierro maulló, y los ojos tuvieron que esforzarse ante el cambio de luz.

El sol, frío y brillante, bajaba como una barra de bombero inclinada, sostenida en lo alto por el hueco que dejan las tejas rotas, y que apoyaba el pie en una charca de sargazos. A su alrededor, oscuridad a medias y recuerdos en suspensión.

Y el aire se acercó, y me concedió una vez más el derecho de escuchar los olores de todos ellos.

El ala que falta.




El ala que falta no es la de la cicatriz que recorre el flanco derecho de tu espalda.

No, esa estuvo ahí. Con ella volaste y con ella te perdiste. Y fue sacrificada por un buen motivo.

El ala que falta es un misterio, no sabemos si algún día eclosionará para volver a hacer de ti un ángel con una sola ala. Pero si eso sucede será para dejarte otro costurón.

Y esta vez, tendrás que llevarla con la mano.


Imagen: (Scala & Kolacny Brothers's "One-Winged Angel")