RSS

Astronauta.

El astronauta, si bien ignorante en asuntos botánicos, descubrió una mala hierba mientras paseaba atento por la cara oculta de la luna.

Definición.

clamor.

(Del lat. clamor, -ōris).


1. m. Grito o voz que se profiere con vigor y esfuerzo.

2. m. Certidumbre del cubo de que sólo estará completo en compañía de la esfera.

3. m. El llanto de un ángel que, hastiado de recorrer solo el nuevo mundo, ansía descubrir el Viejo Continente.

4. tr. Al alba, contemplar el nacimiento de una nueva luna.

5. tr. Juego feliz y despreocupado entre hermanos en un bosque de viejos robles.

La historia la escriben los ganadores.

-"¡Ven conmigo!" -dijo el amante a la princesa, mientras aleteaba con la izquierda para refrescarla en aquella noche canicular- "Juntos huiremos de tanta mentira e insidia. Y no tendrás que casarte con el imbécil ése, cuya sangre y riqueza tu padre tanto ansía. Mucha armadura, mucho caballo y mucha lanza, pero no deja de ser un matón. Y además, no le quieres."

La princesa dio un tirón a la sábana con un golpe de muñeca, como intentando mover su pesado cuerpo a pesar de la banalidad del gesto. Había previsto una y mil veces esas palabras, y había trazado tantos planes como pecas se contaban en su cara. Apagó su cigarrillo, reprimió una sonrisa y dijo:

- "No digas tonterías. Mi padre se pondrá hecho una fiera. Y el Caballero es un sádico al que no le hace falta más que una excusa para darte una paliza. Esto no podría acabar bien, y lo sabes."

Pero la princesa tenía tantas ganas de fugarse como su amante, y cada noche en la que ocasionalmente salía a cabalgar con él, una nueva escama de prudencia se desprendía de su piel.

Así pasaron los días, hasta que la lluviosa madrugada de un veintitrés de abril ambos partieron en un deportivo que escupía fuego. No pararon hasta bien entrada la noche, en una posada solitaria y alejada, que se encontraba en un puerto de montaña.

El caballero, que había sido alertado por los servicios de seguridad, los sorprendió mientras retozaban en su escondrijo. A él lo mató en aquella misma habitación, sin una palabra, sin una oportunidad, como quien aplasta a una mosca. A ella, no hizo falta más que una mirada para helarle la sangre, y la visión de su amante agonizando para quebrar su voluntad hasta el final de sus días.

Los periódicos del reino, publicaron la noticia a bombo y platillo al día siguiente:

"Caballero rescata a Princesa de Dragón que la mantenía secuestrada, resultando el saurio muerto en el lance. Ella, prendada de él, se promete en matrimonio. Los esponsales se celebrarán inmediatamente."

Ley.

No hay aviso previo, o quizás sí. Un paso más, lo de bueno o malo está por decidir, y de repente el abismo, la caída y la certidumbre del magro final.

¿Quién no ha sentido alguna vez, quizás en una atracción de feria, quizás en un sueño angustioso el ávido reclamo de la Tierra? Siempre se convierte, independientemente de la brevedad, en la consciencia del punto final. Porque la gravedad no es una ley, las leyes se pueden quebrar a un precio. La gravedad es una realidad irremisible, y en última instancia una putada.

Ahora, mientras el aire silba el perfil de tus brazos extendidos, no hay escapatoria. El asidero último con el que cuentas es el catálogo de aquello que vuelve a ti. Y percibes, por el tiempo que te queda, que eso es lo único que realmente siempre ha importado. Siempre ha sido lo bueno de las emergencias.

Es el momento de exprimir los segundos, todos y cada uno de ellos, y más que te dieran, paseando tranquilamente por las horas que te han hecho ser quien eres y que, irónicamente, te han traído a la ingravidez. Y si no fuera por este maldito viento, una última lágrima lavaría un surco en tu cara.

De esto tampoco te avisa nadie, escucha atentamente: Para ti, esta vez la gravedad sólo ha sido una ley.

En tus manos tienes tu segunda oportunidad, aprovecha lo aprendido.

Ella.

Tenía ocho, o quizás nueve años, cuando una mañana suave de cielo plomizo y mil matices verdes, la lluvia me saludó de camino a casa para preguntarme si quería jugar con ella. Y sus aguas, inicialmente tímidas, ante mi sonrisa de aquiescencia acudieron en tropel.

Llevaba impermeable, pero no paraguas. Así que con muchas mojaduras ya a mis espaldas y poca prisa por llegar a mi destino, decidí cubrirme bajo un árbol cercano de copa espesa, a esperar a que el agua se calmara un poco antes de continuar la ruta.

Desde mi refugio podía contemplar el sendero que había de llevarme a la chimenea encendida donde me secaría más tarde. Discurría entre prados irregulares, que tenían a unos cincuenta metros otro árbol como el mío, el cual parecía mirarme como si supiera lo que iba a pasar.

Caía una cortina de agua tenue, pero suficiente para conseguir que los perfiles de las formas y los colores se desdibujaran de esa manera que nunca me cansaré de contemplar en los lienzos impresionistas. Entendí entonces a que quería jugar mi amiga, y decidí ser su compañero de juegos.

- "¡Más fuerte!"- le dije con mi pensamiento. Y, atenta como estaba a mis deseos, me hizo caso al instante. Con una pequeña ráfaga de viento la vi crecerse y ocupar el aire que me rodeaba.

Una sonrisa apareció en mis labios y esta vez grité: - "¡Más! !Más fuerte!"-

Ella arreció. Tanto que todo se oscureció ante mí. En muy poco tiempo el paisaje se difuminó de tal forma que no alcanzaba a ver más allá del otro árbol que tenía delante.

Al rato, la imagen pareció detenerse. Las lanzas de agua se pararon en el aire, las hojas dejaron de bailotear mientras eran golpeadas, el viento dejó de sonar. Era el momento de parar.

- "Más suave"- susurré ahora.

Aliviada, mi compañera tomó aire y enseguida volvió a su ritmo jovial del principio, permitiendo que la claridad llenase el espacio que dejaba el agua en retirada.


Poco a poco, como a quien le cuesta marcharse de un lugar donde se encuentra a gusto, se fue despidiendo de mí por aquel día. 

Continué el regreso a casa por el camino embarrado, envuelto por el olor a tierra mojada y acompañado por el sonido de las gotas que caían desde las hojas, dispuesto a volver a jugar con ella siempre que quisiera.

El fin de la tregua.

La tregua ha acabado, y yo soy el capitán que arengará a los que van a correr.

Ya no habrá más paseos indolentes a plena luz del sol, ni más canciones de aliento ebrio bajo el brillo de la luna, y yo soy el sargento que bramará las órdenes mientras la metralla silba entre sus hombres.

Es momento de decir adiós al silencio que produce la ausencia de plomo y pólvora, y yo soy el soldado de ojos vacíos que saltará de la trinchera para cargar con la bayoneta calada, mientras grita para no oír su propio miedo.

Ya no hay marcha atrás, y soy el corneta maldito, de frente húmeda y manos temblorosas, al que le ha tocado en suerte anunciar el asalto que marca el fin de la tregua.

En estas horas previas todos nosotros bajamos la mirada, y dejamos que nuestra carne, tan permeable a la angustia como a la munición, se empape del tosco licor del valor de cuento infantil, que nos ayudará a enfrentarnos de nuevo a nosotros mismos.

La tregua ha acabado.

Mar.

Si hay algo que todavía conservo fresco en ese atestado frigorífico que es mi memoria, es la sensación que experimenté la primera noche en que me perdí.

De pequeño solía pasar mucho tiempo en la casa de mis abuelos. Ésta se encuentra ubicada en una pequeña aldea al lado de una carretera que entonces se consideraba concurrida, pero por la que no pasaban demasiados coches bajo cualquier consideración actual. Y donde, como hablamos de hace tiempo -no en vano ya tengo unos cuantos años-, no había ni alumbrado público.

Alguien, quizás mi abuelo o mi abuela, no recuerdo muy bien quien, me pidió que hiciera alguna cosa, tampoco recuerdo muy bien cual, que requería salir al patio exterior que tenía la casa. Probablemente fuera llevarle algo de comida a los canes. Alguna de esas sencillas tareas que se le encomiendan a los niños, para que se sientan útiles y vayan asumiendo pequeñas responsabilidades.

Era ya de noche, y con toda seguridad una noche veraniega, por el tiempo que duró mi extravío, y por que no me hubieran hecho el encargo a aquella edad si hiciera frío, que allí las noches de invierno los grajos vuelan a ras de suelo.

Al cerrar la puerta de la casa tras de mí, y cuando sólo me separaban unos escasos veinte metros de finiquitar mi misión, miré hacia arriba.

Lo recuerdo perfectamente, con tal intensidad que aún hoy puedo cerrar los ojos y volverlo a ver. Un acerico de terciopelo negro sobre el cual estaban clavados miles y miles de alfileres brillantes. Había tantas estrellas, que no se acababan nunca. Allá donde miraba encontraba más, y entre las que había visto, más todavía. Mis ojos viajaban de unas a otras sin poder encontrar un pedazo de cielo en el que no descubriera una luz brillante. Unas más grandes, otras más pequeñas, las había que titilaban, de vez en cuando alguna insinuaba cierta tinción. Y, recorriendo la bóveda celeste de un lado a otro, un manto espeso que tiempo después supe que era la Vía Láctea.

Quien me viera podría pensar que estaba inerte, embelesado, y con la mirada perdida en el firmamento. Pero en realidad estaba cayendo a ese Mar que había sobre mí.

Y así estuve flotando, completamente extraviado, en las estáticas aguas del Mar. Navegando de un centelleante archipiélago a otro, durante lo que me pareció un instante, y que tiempo después supe que había sido casi un cuarto de hora. Hasta que me vino a rescatar la voz de mi abuela, procedente del interior de la casa: 

- "¡A cenar!"

Una vez dentro, me preguntaron: 

- "¿Cómo has tardado tanto?"

Aún con la visión del Mar de Estrellas en mi retina sólo acerté a contestar: 

- "Me he perdido"